por Glenda Inostroza
No es una responsabilidad menor ser un autor de novela de Ciencia Ficción en nuestro país. Con esa premisa, las expectativas que se generan sobre el texto, antes de leerlo, son altas. No en vano quienes gustamos del género recordamos que al lado de nuestra cabecera de niños en lugar de ositos de felpa existían libros de Bradbury, Wells, Verne y tantos otros. Además, al ser también sureña, como el autor, el pecho se hincha con orgullo.
Pero eso es lo que sucede hasta tomar el volumen y enfrentarse con él. Luego, en el cara a cara con todo libro, existen varias fases: la del encuentro, la del deleite o frustración que implica la lectura y la de resguardo o exilio permanente del espécimen de nuestra biblioteca y nuestra mente. En mi caso, el volumen, aún está en mi biblioteca.
“El encontrar parte de nuestra mochila cultural y de nuestra historia reciente de chilenos plasmada en esas hojas es un factor interesante, que hace sentir más propia la obra.”
Respecto a Identidad suspendida, hay quienes señalan que una ventaja de esta obra narrativa es su brevedad. Como gran adepta a las letras Dostoiewskianas, discrepo. No importa la cantidad de páginas, siempre y cuándo sean las justas. Ni una letra más, ni una letra menos. Tampoco hay que obviar que el propio Amira tiene su trayectoria en la materia, la que muchos compatriotas han desarrollado no sólo en literatura, también en el cómic, por ejemplo.
En el caso de Identidad suspendida, lo que sucede después de abrir el libro es un zambullido, literal y, en mi caso, agregaré mi condición de no saber nadar, porque me enfrenté con una corriente huracanada en cada una de las 100 páginas del texto. No obstante, el vértigo que entrega la lectura se agradece, como se agradece su lenguaje sencillo, ameno y la simpleza de las descripciones que se entregan en su único capítulo. Además, sin lugar a dudas, el encontrar parte de nuestra mochila cultural y de nuestra historia reciente de chilenos plasmada en esas hojas es un factor interesante, que hace sentir más propia la obra.
Así nos enfrentamos a un Salvador Allende que con su acción hace funcionar un mecanismo que interfiere en el destino humano. Con cruces de Iglesias que son antenas transmisoras de energía, con un General Pinochet que debe ser protegido o con un Leonardo Da Vinci que, a través del tiempo, es “el gran titiritero de la humanidad” o con un satélite FASat-Alfa que puede ser de relevancia suprema o insignificante. Para qué decir más, con estos simples elementos uno puede hacerse una idea del viaje sin paracaídas que implica este libro.
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