Kounboum inicia

Supongo que lo que realmente necesitaba para ocupar este espacio -cuya orientación es principalmente literaria- era la ocurrencia de un hecho significativo, y ese hecho aconteció el día sábado 29 de agosto a eso de las 17: 00 hrs. cuando en el Café del Poeta, en Valparaíso, Carlos Lloró -a nombre de Karlés Llord- hizo entrega de algunos los primeros ejemplares de Kounboum a sus amigos y colaboradores más cercanos.

La vida literaria -o “el cuento de la literatura” como le llama Henry Miller- suele estar llena de insatisfacciones y cualquiera que no sea Dan Brown podrá atestiguar que otorga más privaciones que privilegios. Es por esta razón que cuando lo extraordinario acontece, uno queda como debe haber quedado Santo Tomás tras su experiencia de contemplación infusa. Es algo que afecta profundamente y que en vez de aminorar con el tiempo se incrementa. Hoy por ejemplo, mientras escribo estas palabras, me siento aún más asombrado que hace dos días, cuando en el Café del Poeta, Carlos me entregó y dedicó mi ejemplar de Kounboum.

¿Han presenciado alguna vez algún prodigio?, ¿han sido testigos de un fenómeno OVNI o una aparición mariana o algo que simplemente desafíe toda lógica? Si lo han hecho, entonces entenderán en parte como me siento yo, porque libros como Kounboum no deberían existir, no hoy en día, no en un mundo que aplaude lo volátil y premia lo mediocre. La existencia de Kounboum es tan improbable como lo es su autor. Y como árbol que es, Kounboum extiende sus raíces y ramajes más allá de sus hojas, nutriéndose y fecundando las obras de otros autores. De esta forma es imposible no sentirse parte de Kounboum, es como el Simurg, es todas las aves, es todos los autores y todos los libros escritos y por escribir. Como dice Sergio Meier, es “(…)millones de prisiones, fortalezas, páginas mezcladas, túneles subterráneos, habitaciones; Lovecraft, Machen, Kubin(…)”. Y es también el propio Meier, y es Cristián Arregui, Daniel Madrid y Matías López; es los hermanos Chellew y Susana Riveros, es Cristián Olivos, Iván Arestegui, Leonardo Lizama… y es también Sergio Alejandro Amira… Y es todos ellos y muchos más sin nunca, en ningún momento, dejar de ser Karlés Llord.

En mi caso particular, la razón más importante que me vincula a Kounboum es la amistad que me une con su autor y que constituye el mayor legado que me dejara ese otro gran amigo y hermano llamado Sergio Meier. Siempre supimos el uno del otro gracias a él -aunque yo sospechaba que Carlos Lloró tal vez fuese un heterónimo de Meier-, pero no cruzamos palabra alguna sino hasta después de su funeral, y ahora… pues ahora no hay quien logre callarnos.

Como le dije a Carlos en una de nuestras primeras conversaciones, fue como si antes de irse, Meier hubiese activado una máquina de intrincados mecanismos e insospechadas funciones que aun intentamos descifrar. Kounboum es una parte fundamental de esta maquinaria, y su edición ha activado a su vez nuevos procesos como este del que doy cuenta ahora. Está afectando la realidad, está creando realidad con cada giro de la Primera Rueda y con cada vuelta de página…

La segunda razón por la cual me siento parte de Kounboum se debe a mi doble participación entre sus páginas, como ilustrador por un lado, y como autor citado en la lista de “libros raros, problemáticos e infinitos” de Meier, por el otro.

Siendo Kounboum el árbol de las diez mil imágenes, era de rigor que Karlés incluyera ilustraciones. Y en otra muestra de los caminos poco probables transitados por el autor a la hora de conjugar los elementos de su libro, no buscó a los artistas más vendedores ni a los más populares, sino a esos que el denomina “artistas singulares”. Porque como él mismo dice: “Artistas buenos los hay por montones, pero artistas singulares hay muy pocos”. Y lo mismo se puede decir del propio Karlés, un autor singular como pocos que, aunque diga estar influenciado por Borges, Serrano, Kafka, Jung y etc., no se inserta en ningún movimiento y ninguna tradición claramente discernible. Esto me hace recordar las palabras del galerista de Daniel Johnston -en el excelente documental The Devil and Daniel Johnston– cuando dice estar especialmente interesado en artistas que, más que adherir a un movimiento, sean su propio movimiento, o se estén moviendo más allá de todo movimiento. Ese es precisamente el caso de Karlés Llord, una singularidad, un movimiento en sí mismo al igual que Johnston, músicos por lo demás ambos.

Obviamente que para atisbar más allá del horizonte todos nos hemos parado sobre hombros de gigantes. Como pensaba Parménides, “nada puede surgir de la nada”. Estamos insertos en una tradición y reaccionamos malinterpretando y sometiendo a los autores que nos han informado y precedido como diría Harold Bloom. Y es por eso que es fácil imaginarnos a Karlés entrando, hacha en mano, a un laberíntico y espeso bosque semántico para una vez alcanzado su centro, talar y despejar su propio espacio imaginativo dónde finalmente plantar “el árbol de su biografía esencial, con sus tramas paralelas y coalescentes”.

Karlés Llord desapareció tras una intensa sesión de weissöj experimental en casa del filósofo Leonard Chellew, y fue allí mismo dónde terminó la sorprendente velada del sábado para mí… aunque la aventura por adentrarme en las infinitas páginas de Kounboum recién comienza…

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