Preguntas a Carlos Lloró a propósito de “El lugar donde nadie aplaude”

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En tu faceta de músico que se ha presentado ante numerosas audiencias has sido objeto de muchos aplausos, a excepción de aquellas veces en que has solicitado que no te aplaudan, claro. Háblame de tu relación con el aplauso.

El oído es un órgano muy sensible. Al terminar una interpretación musical, quedan en la membrana del oído una serie de vibraciones sutiles, que van atravesando, capa a capa, los niveles de percepción y memoria. El aplauso mutila esas vibraciones. Lo que uno se lleva a casa, pues, son los ruidos, el bullicio, el circo romano. Panem et circenses, dice la locución latina. El espectáculo actual se parece cada vez más a una pirotecnia suicida. Y para el artista, el aplauso se va convirtiendo en una droga. Depende del aplauso, de la aceptación, para poder vivir. El aplauso es uno de los artefactos más curiosos y perniciosos creados por el capitalismo para injertar la producción en serie en el arte. Una especie de cuña perversa.

¿Cuándo te diste cuenta que jamás encontrarías el libro de tus sueños? ¿Qué fue lo que motivó esta epifanía?

Uno nunca encuentra el libro de sus sueños, por eso mismo. Porque es un libro hecho de sueños, de esa materia escurridiza. Pero leyendo a Borges a los 16 años me di cuenta de que allí había una puerta a ese libro. El libro mismo era imposible escribirlo, pero podemos asediarlo desde distintas perspectivas. La de Borges es una de las más potentes y sustentables. Borges “sugiere” el libro soñado, derrama unas gotas de su “perfume”, perfila su “atmósfera”, y así podemos vivir ese libro soñado sin necesidad de escribirlo.

¿Has conseguido concretar el libro asombroso que quieres leer y no puedes esperar a que otro lo escriba, o es una tarea pendiente?

El camino de las miles de páginas es un camino que actualmente recorro, es un camino solitario, en el desfiladero de la psiquis. Ese camino hay que recorrerlo en extrema austeridad y extrema dedicación, sin la menor esperanza de retroalimentación, porque tal vez uno ahí estará jugando con materias prohibidas. Es un poco el camino que recorrieron Van Gogh, Schubert, Beethoven, Lezama Lima. La pintura de Van Gogh en su época era inentendible. Hoy es fetiche de millonarios y snobs y cursos de doctorado. Van Gogh la pasó mal, porque no conectó con la moda de su época, decidió tomar la peligrosa decisión de ser él mismo y expresarse a sí mismo a como diera lugar. Como tampoco tenía mucha inteligencia social, la pasó pésimo. Aislado en su delirio de creatividad pura, coqueteando con la locura y la muerte. Y a su alrededor, el mundo girando con perfecta indiferencia.

En El lugar donde nadie aplaude afirmas que la escritura como arte de abismo se ha perdido en alto grado. ¿A qué crees que se deba esto? 

Cuando escribí este libro no conocía a fondo la obra de Reynaldo Jiménez, Octavio Armand, Yaxkin Melchy, Héctor Hernández Montecinos, Enrique Verástegui, Juan David García Bacca. Estos autores hispanoparlantes demuestran que la escritura como arte de abismo está plenamente vigente, aunque no esté presente en las ferias ni las vitrinas.

Hemingway propuso que los escritores debían juntarse y hacerse fuertes como los doctores y los abogados y los lobos, a lo que Faulkner respondió que desconfiaba de los escritores que se unían en camarillas y generaciones y que estaban condenados a desaparecer porque eran lobos solamente en pandilla y que a solas no eran más que perros inofensivos que ladraban pero no mordían. Pero también se da el caso de escritores que se reúnen de una forma menos política, por decirlo de alguna manera, que van coincidiendo espontánea u orgánicamente como nos pasó a quienes conformamos el Círculo de Meier. ¿Qué piensas al respecto?

Juntarse para hablar sobre temas comunes, grabar esas conversaciones y luego publicar un libro con el resultado, me parece la manera más hermosa y divertida de hacer literatura. Es como una pequeña universidad clandestina donde cada uno aprende de los otros y aporta lo suyo. Y queda siempre un registro para la posteridad o para los curiosos buscadores de libros perdidos.

¿Podrías explicarle a los lectores no familiarizados con la práctica de la heteronimia por qué has publicado libros con distintos nombres?

Cada uno de mis personajes del ciclo Inferno es un escritor. Por tanto, nada más tentador y natural que querer leer los libros que esos personajes escriben. Yo los escribo, entonces, pero ellos los firman.

El personaje denominado “El Escritor” de la novela La parte inventada de Fresán dice: “Cada vez me resulta más agotador todo lo que un escritor supuestamente tiene que hacer más allá de escribir para ser considerado escritor. Ser jurado. Ser juzgado. Ser observador y ser observado en alguna de esas mesas redondas.” ¿Crees que al escritor hoy más que nunca se le exija más el que represente un papel a que desarrolle su oficio?

Nadie puede obligar a un escritor a hacer nada. Ni siquiera a escribir.

¿Cuáles son las diferencias fundamentales entre lo que llamas el escritor del laberinto y el escritor del mundo?

El escritor del mundo es justamente el que comulga con todas esas tareas agotadoras de que habla Fresán. El escritor del laberinto, en cambio, es un minotauro, un amante de la soledad y el misterio.

¿Por qué aseveras que la literatura difícil es la que tiende a desaparecer?

Por la tentación de la sobreexposición. Si no te comentan en los diarios, no existes. Si escribes algo endiabladamente difícil, no te leen. Son razones de supervivencia, casi reptilianas. Recordemos que el cerebro reptiliano tiene 500 millones de años de evolución, es la estructura más antigua y eficiente dentro de nuestro cráneo. En cambio, el córtex prefrontal, el llamado cerebro cognitivo, hace unos 100 mil o 200 mil años que existe como tal. Estamos aprendiendo a ser racionales, pero por debajo de cada decisión clama el reptil que hay en nosotros. Y el mamífero, con el cerebro límbico o emocional, de 200 millones de años de edad. Y las emociones no son más que una forma más refinada de la supervivencia.

A tu juicio, ¿cuál es la diferencia fundamental entre escritura y literatura?

La escritura es experimentación libre con el lenguaje. La literatura es un oficio que funciona como una cadena de montaje.

¿Si la obra es nada más que el residuo de la fiesta del ser, son los libros como las cáscaras de una naranja luego que te la has comido?

Claro, los libros son necesarios mientras no podamos ver la realidad como es. Una vez que nos sacamos la venda y “vemos”, la literatura entera se evapora como un mal sueño. Solo quedan los grandes relatos numinosos, hipnóticos, de la tradición oral de todos los tiempos.

¿Existen rasgos comunes entre los escritores cubanos y chilenos que has leído o te interesan?

Hay una literatura transamericana, que me interesa mucho en estos momentos. No es nacional, aunque posee ciertos rasgos de identidad local, no decisivos, a mi juicio, en la valoración total de la obra. Así tenemos a autores ya mencionados como el argentino Reynaldo Jiménez, el mexicano Yaxkin Melchy, el peruano Enrique Verástegui, el chileno Héctor Hernández Montecinos, el cubano Octavio Armand, el español Juan David García Bacca.

¿Detiene el flujo de la escritura la existencia de una obra, de un prestigio alcanzado o de lo que se entienda por éxito?

El éxito no es más que la salida (exit) de la escritura.

¿Por qué aseveras que la escritura no se apodera del vacío para llenarlo, sino para extenderlo?

Porque el vacío es lo más hermoso que nos puede suceder. Considero el vacío como ese momento en que hacemos algo por el agrado de hacerlo, no para cumplir una meta. Por ejemplo, yo estoy disfrutando aquí en mi sala de clases de la Academia de Artes Musicales de la Universidad Católica de Temuco, respondiendo estas interesantes preguntas tuyas, mientras escucho música griega. Este es un momento de vacío, donde no hay una utilidad práctica, no hay una conexión, al menos directa, con el sistema de producción, de puntajes, que nos exije la sociedad mercantil. En estos momentos el tiempo se detiene un poco, las relaciones productivas se aflojan, el sentido del deber cede a un sentido del placer y de la realización, que es a lo que yo llamo vacío. El sentido del vagabundeo, del dejarse ir danzando con la vida, la capacidad para hacer un alto en la carrera, observar lo que pasa, conversar con alguien, o simplemente respirar conscientemente. Para mí, ese vacío es el más alto valor humano. No es caro, además, y sin embargo pocas veces nos lo permitimos.

¿Qué es un metaprograma?

Es el programa que mueve al programador. Por ejemplo, un programador de software está asimismo programado genética y neurológicamente. La mente es un metaprograma.

¿Tienes la sensación que algunos libros y autores en vez de buscarlos, te encuentran?

Sí, la ley de atracción funciona en todos los ámbitos. Y no es autoayuda. Es el magnetismo puro y simple del cosmos.

Aparte de ser un libro de no-ficción, y de estar firmado con tu nombre, ¿qué otras diferencias o similitudes presenta El lugar donde nadie aplaude con el resto de tu obra?

Este es un libro de reflexiones sobre las lecturas, ideas o vivencias que me fueron sucediendo a lo largo de un período determinado, por tanto es una obra de síntesis, de cámara, un libro íntimo, si se quiere. El resto de mi obra es desmesurada y abigarrada, pero hay una conexión central, que es la visión de la escritura como un juego orgásmico, autorreferente, una fiesta de libertad absoluta con el lenguaje.

Temuco, 17 junio 2016

El lugar donde nadie aplaude de Carlos Lloró ya está disponible en librerías y en el sitio de Estratos Narrativa.

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